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Nuevos actores para la comunicación política global

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La teoría política siempre ha considerado que la diplomacia pública sólo tiene un actor válido: el que la lleva a la práctica a través de sus representantes, vale decir, el Estado. Sin embargo una nueva forma de la diplomacia pública se ha ido gestando en las principales naciones de Occidente, en la cual irrumpen nuevos objetivos que son abordados mucho antes de que éstos lleguen a la agenda de los funcionarios y diplomáticos formales.

No se trata de excepciones a la regla: la globalización ha creado una interdependencia inextricable entre nuevos actores, estatales y no estatales. Ya no es posible establecer con precisión –ni seleccionar- la naturaleza o características de quienes desarrollan la diplomacia pública. La velocidad que exige la resolución de ciertos problemas y la celeridad de los intercambios ha creado una red de actores no estatales de muy diversa índole (ONGs, Fundaciones, expertos en un asunto o instituciones especializadas en el mismo) que deben poner en una balanza las posibles soluciones a un problema que afecta a una o varias comunidades o la viabilidad de un proyecto de desarrollo a escala global, no sólo para cumplir –y hacer cumplir- con las regulaciones de los países involucrados en dicha circunstancia sino también para cumplir –y hacer cumplir- los acuerdos internacionales más recientes.

Ya sea en cuestiones medioambientales, en asuntos muy puntuales referentes a los derechos humanos o en temas que plantean desafíos a diario, como las herramientas que regulaciones los intercambios en el mercado global, el pragmatismo impone nuevas estrategias de negociación que ya desde la segunda mitad del siglo pasado ha ganado una merecida legitimidad. Ya sea por su experiencia, por su conocimiento especializado e inclusive por la autoridad moral que transmiten a los ciudadanos, los nuevos actores no estatales lideran iniciativas que los estados aún no comienzan a abordar y en algunos casos ni siquiera se han planteado.

La existencia de estos nuevos actores no es antojadiza ni contradice los principios básicos de la organización social que es típica de Occidente. Estas nuevas formas de liderazgo no son otra cosa que encarnaciones naturales de la sociedad civil: desde los líderes populares de las comunidades primitivas, pasando por el complejo sistema de organización de la Roma clásica hasta las formas más recientes de liderazgo legítimo, siempre hubo líderes y emprendedores de hecho, siempre hubo innovadores dispuestos a arriesgarlo todo para gestar los grandes cambios a escala social que proveen sus innovaciones o invenciones. El orden social los acoge de buen grado y, en una sociedad libre y abierta, también los promueve. Muchos de ellos no son conocidos, pero de algún modo estos actores extraordinarios son protagonistas: primero se los llamó “emprendedores”. Más recientemente algunos círculos los llamaron “stakeholders” y hoy también se los conoce como “makers”. Pero no hablamos tan sólo de individuos, sino de un complejo entramado que todos los días nos cambia la manera de pensar, lidera ciertas transformaciones en áreas que la comunidad aún desconoce o plantea nuevas fórmulas para abordar un problema e influir en decisiones de alcance planetario.

Más recientemente algunos círculos los llamaron “stakeholders” y hoy también se los conoce como “makers”. Pero no hablamos tan sólo de individuos, sino de un complejo entramado que todos los días nos cambia la manera de pensar, lidera ciertas transformaciones en áreas que la comunidad aún desconoce o plantea nuevas fórmulas para abordar un problema e influir en decisiones de alcance planetario.

La legitimidad de este entramado de pequeñas organizaciones, makers, expertos y otros diplomáticos ciudadanos es sin dudas complementaria a la de la democracia formal, que en las sociedades abiertas nunca ha dudado en sostenerla e incluso promoverla. Como hemos comprobado durante el siglo pasado, sólo el Estado totalitario de raíz marxista ha soñado con prescindir de estos actores no estatales. Sólo en la lógica de base socialista se ha desconfiado de los líderes naturales (religiosos, intelectuales, científicos, castrenses, etc.), y sin embargo se los ha tenido que admitir a regañadientes, porque en ellos está la base para el cambio social. Las políticas de cooperación, por otra parte, son cada día más complejas: ya sea en derechos humanos, en medio ambiente o en temas relacionados con las nuevas regulaciones planteadas por la revolución tecnológica, estamos ante un mundo en eterno estado de work in progress.

Los estados, que aún siguen siendo depositarios de la máxima legitimidad democrática concedida por las grandes naciones occidentales, tendrán que acostumbrarse a convivir con estas nuevas redes (organizaciones más o menos formales e individuos) al mismo tiempo que éstas renuevan su vigencia ante los públicos en los que actúan mediante un constante esfuerzo por conservar el respaldo que han conseguido con la transparencia, la eficiencia, la aptitud para el liderazgo y el diálogo ciudadano que los hizo confiables. En síntesis: la diplomacia formal y la diplomacia ciudadana son cada día más complementarias e interdependientes. El impacto político de los nuevos desafíos globales exige una toma de decisiones duraderas y estables a lo largo del tiempo. En tiempos de cambios exponenciales que ponen en crisis los viejos modelos de representatividad, sólo este nuevo conjunto representativo de ciudadanos y estas nuevas formas de organización han estado a la altura de las inéditas circunstancias que nos plantea la globalización.

 

Fernando León
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Last modified: 22 noviembre, 2021
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