Una conocida escena de Casi Famosos retrata el primer encuentro entre el periodista novato William Miller y los integrantes de Stillwater. “Llegó el enemigo”, dicen los músicos cuando lo ven aparecer con su libreta. Quizás el mejor chiste de la película. La película de Cameron Crowe, ambientada en el mundo del rock estadounidense de los años setenta, expone una tensión clásica: la desconfianza mutua entre artistas y periodistas, entre quienes hacen y quienes cuentan lo que otros hacen.
Durante décadas, esa relación fue una danza incómoda. Los músicos acusaban a la prensa de oportunista, frívola o ignorante. Los periodistas respondían señalando egos inflados, contradicciones y miserias del star system. En el fondo, ambos se necesitaban. El periodista construía relato; el músico, mito. Y en esa fricción también se producía cultura.
En el rock argentino esa tensión tuvo momentos memorables. En “Paraguay”, del álbum La era de la boludez de Divididos, aparece una línea filosa: “el periodista que se muere por tocar”. La frase es demoledora. No habla del cronista apasionado por la música, sino del que quiere rozar la fama, manosearla, sentirse parte del escenario, aunque su lugar esté abajo, entre el público o detrás de una grabadora. Es una crítica al negocio, a la pose, a la confusión entre contar el fenómeno y querer ser el fenómeno.
Pero algo cambió. Hoy ya no es, solamente, el periodista el que “se muere por tocar”. En la era de las redes, el nuevo actor es el influencer. Y el deseo no parece ser tocar: es pertenecer. Estar en la foto. Ser etiquetado. Circular. Aparecer. La tensión ya no es entre quien escribe y quien toca, sino entre quien produce sentido y quien produce visibilidad.
Antes, la fama solía ser consecuencia de una habilidad: componer, actuar, dirigir, escribir, producir. Había un oficio previo al reconocimiento. La fama era efecto. Hoy, muchas veces, es punto de partida. Se es famoso por ser famoso. La habilidad es secundaria; el algoritmo, central. La preparación importa menos que la exposición. La profundidad, menos que la permanencia en el feed.
No se trata de nostalgia ingenua. También en los setenta había impostores y marketing. También había operaciones y egos sobredimensionados. Pero existía, al menos como horizonte, una pregunta incómoda: ¿qué hacés? ¿qué sabés hacer? ¿qué aportás?
En el tramo final de Casi Famosos, William le hace a Russell Hammond una pregunta simple y definitiva: “¿Qué amas de la música?”. No le pregunta por ventas, ni por ranking, ni por giras. Le pregunta por el núcleo. Por el motivo.
Tal vez ahí esté la vara. Influencers y músicos. Productores y creadores. Existen, ahí están. Son parte del ecosistema contemporáneo. Pero, en medio del ruido, del like inmediato y de la fama efímera, solo es digno de ser seguido quien pueda responder con honestidad esa pregunta esencial: ¿qué amás de lo que hacés?
Todo lo demás, la foto, el evento, la tendencia, es apenas escenografía.
Si uno traslada esa discusión al presente de la música electrónica, el foco cambia de escenario, pero no de pregunta. En la electrónica, a diferencia del rock clásico, el centro no es el frontman, el estribillo pegadizo o la melodía con futuro de canción de cancha: es la pista. Es el cuerpo. Es el pulso compartido. El DJ puede estar ahí arriba, pero el verdadero protagonista es el baile.
En una buena noche de música electrónica no hay enemigo, no hay periodista, no hay influencer. Hay una comunidad momentánea que respira al mismo tempo. La experiencia no se agota en quién está tocando, sino en lo que sucede abajo: en ese instante en que el bombo ordena el caos y cien, mil personas se mueven como si fueran una sola.
Por eso las fiestas sin celulares se volvieron un gesto casi político. No se trata de romanticismo analógico ni de prohibición caprichosa. Se trata de recuperar la concentración. De volver a estar ahí. Cuando nadie levanta el teléfono para filmar el drop, el drop se vive distinto y hasta se evita el estar buscando un drop cada 30 segundos. No hay prueba social que subir, no hay validación externa inmediata. Hay presente.
No alcanza con apagar la cámara; hay que apagar la ansiedad por ser visto. La ética de la pista también depende del clubber. En tiempos donde, como advertía Guy Debord en La sociedad del espectáculo, lo vivido corre el riesgo de transformarse en representación, el desafío es no validar lo que solo viene a representarse. No todo el que está en la pista está ahí para bailar; algunos están para ser vistos bailando. Y esa diferencia, aunque sutil, cambia la energía de una noche.
En la electrónica, la coherencia no se declama: se baila. Y también se defiende. Se defiende con el cuerpo, con la atención, con la decisión de no convertir cada momento en una vidriera. La pista no es un casting ni una pasarela: es un ritual compartido. Y los rituales sobreviven cuando quienes los habitan entienden que no todo es pertenecer; a veces, lo más radical es simplemente estar.
En tiempos donde muchos “se mueren por pertenecer”, apagar la pantalla es una forma de resistencia. La pista sin celulares desarma la lógica del contenido y devuelve la lógica del encuentro. Nadie baila para el algoritmo; se baila para el otro. Para uno mismo. Para ese momento irrepetible que, justamente porque no queda registrado, se vuelve más intenso.
Quizás la música electrónica, en su mejor versión, sea eso: una respuesta práctica a la pregunta final de Casi Famosos. ¿Qué amás de la música? Si la respuesta es el baile, el trance compartido, la comunión efímera, entonces todo lo demás, la foto perfecta, el clip viral, la validación instantánea, es ruido. La pista, en silencio digital, vuelve a ser lo que siempre fue: un lugar para sentir, no para demostrar.
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