Durante los últimos años, comprar una remera de cinco euros en Shein o un gadget de dos dólares en Temu parecía una consecuencia inevitable de la globalización digital.
Millones de paquetes cruzaban diariamente las fronteras europeas sin prácticamente controles, aprovechando una normativa que eximía del pago de aranceles a los envíos de menos de 150 euros.
Ese modelo acaba de empezar a cambiar.
Desde el 1 de julio, la Unión Europea comenzó a cobrar una tasa fija de tres euros sobre los pequeños envíos provenientes de fuera del bloque, una medida que en la práctica apunta directamente a gigantes chinos como Shein, Temu y AliExpress.
Pero el verdadero debate va mucho más allá de un simple impuesto.
El problema ya no es Shein
En Bruselas reconocen que el sistema actual simplemente dejó de funcionar.
En 2025 ingresaron al mercado europeo casi 6.000 millones de pequeños paquetes, cuando apenas tres años antes eran poco más de 1.300 millones. Cerca del 90% provenía de China, impulsado por el crecimiento explosivo de plataformas como Temu y Shein.
Ese volumen hace prácticamente imposible inspeccionar todos los envíos.
Según datos de la propia Comisión Europea, una parte significativa de esos productos incumple normas de seguridad, estándares ambientales o regulaciones sobre propiedad intelectual. Cosméticos, juguetes y suplementos alimenticios aparecen entre los casos más problemáticos.
Competencia desigual
El segundo argumento europeo es económico.
Mientras un comercio europeo debe pagar impuestos, cumplir normas laborales, ambientales y de seguridad para vender un producto, muchas plataformas asiáticas podían enviar millones de paquetes individuales sin afrontar esos mismos costos gracias a la exención aduanera para envíos de bajo valor.
Para los gobiernos europeos, eso dejó de ser libre comercio para convertirse en competencia desleal.
No es casualidad que la Comisión Europea insista en que la medida busca proteger a los aproximadamente 30 millones de personas que trabajan en el comercio minorista europeo.
Un cambio de paradigma
Lo interesante es que esta decisión no ocurre en aislamiento.
Estados Unidos también eliminó recientemente el régimen de excepción para pequeños paquetes procedentes de China.
Europa hace lo propio.
La tendencia parece clara: las grandes economías están comenzando a cerrar los agujeros regulatorios que permitieron el auge del comercio electrónico transfronterizo de ultra bajo costo.
No se trata únicamente de recaudar.
Se trata de volver a tener capacidad para controlar qué entra en sus mercados.
El nuevo proteccionismo inteligente
Durante décadas se habló del libre comercio como un proceso irreversible.
Sin embargo, las nuevas reglas muestran un fenómeno distinto.
Los países ya no buscan cerrar completamente sus economías.
Buscan seleccionar qué tipo de comercio quieren permitir.
Es una forma de proteccionismo mucho más sofisticada.
No se prohíben las importaciones.
Simplemente se eliminan las ventajas regulatorias que hacían prácticamente imposible competir para la producción local.
¿Qué significa para Argentina?
Argentina observa este proceso desde una posición particular.
Mientras Europa y Estados Unidos comienzan a reforzar controles sobre las importaciones de comercio electrónico, nuestro país avanza hacia una mayor apertura comercial.
Eso plantea una pregunta estratégica.
Si las principales economías del mundo están rediseñando sus mecanismos para proteger determinados sectores productivos, ¿debería Argentina limitarse únicamente a facilitar las importaciones o también pensar cómo fortalecer la competitividad de su industria frente a plataformas globales?
El desafío no pasa por impedir que los consumidores accedan a productos más baratos.
Pasa por encontrar un equilibrio entre precios competitivos, empleo local, recaudación fiscal, estándares de seguridad y desarrollo industrial.
Porque la discusión ya no gira alrededor de Shein o Temu.
Lo que está cambiando es el modelo de globalización que dominó el comercio electrónico durante la última década.