Durante años, el ingreso básico universal fue una idea asociada a sectores progresistas de Europa o Silicon Valley. Una propuesta que parecía destinada a países ricos, con Estados de bienestar consolidados y sociedades preocupadas por el impacto de la automatización sobre el empleo.
Por eso resulta llamativo que uno de los debates más interesantes sobre el tema esté ocurriendo hoy en China.
A primera vista parece una contradicción. Durante décadas, el gigante asiático construyó su desarrollo sobre una ética del trabajo casi obsesiva. La narrativa del esfuerzo individual, la productividad y el crecimiento económico fue central para sacar a cientos de millones de personas de la pobreza. Sin embargo, precisamente ese éxito está generando nuevas preguntas.
China enfrenta una combinación inédita de desafíos. Por un lado, una población que envejece rápidamente. Por otro, una caída sostenida de la natalidad. Y, además, una acelerada incorporación de robots e inteligencia artificial en fábricas, logística, servicios y administración pública.
Paradójicamente, el país que se convirtió en la fábrica del mundo también podría convertirse en uno de los primeros laboratorios de una economía donde el trabajo humano deje de ser el principal mecanismo de distribución de ingresos.
No se trata todavía de una política oficial. Pero académicos, economistas y centros de pensamiento cercanos al gobierno comenzaron a discutir la necesidad de nuevos mecanismos de protección social capaces de sostener el consumo interno y garantizar estabilidad en una sociedad cada vez más automatizada.
China enfrenta una combinación inédita de desafíos. Por un lado, una población que envejece rápidamente. Por otro, una caída sostenida de la natalidad. Y, además, una acelerada incorporación de robots e inteligencia artificial en fábricas, logística, servicios y administración pública.
La pregunta de fondo es simple: ¿qué ocurre cuando las máquinas producen una parte creciente de la riqueza?
Durante siglos, las sociedades distribuyeron recursos a través del empleo. Quien trabajaba recibía un salario. Pero la inteligencia artificial y la robótica introducen una novedad histórica: es posible aumentar la producción sin aumentar la cantidad de trabajadores. Incluso, en algunos sectores, reduciéndola.
Hasta ahora, cada revolución tecnológica terminó creando más empleos de los que destruyó. Pero no existe ninguna ley económica que garantice que eso seguirá ocurriendo en el futuro. La velocidad actual de los avances tecnológicos es muy superior a la de transformaciones anteriores.
China parece estar tomando esta posibilidad en serio.
La razón no es ideológica sino pragmática. Un sistema económico necesita consumidores. Si una parte importante de la población pierde poder adquisitivo porque su trabajo deja de ser necesario, la propia dinámica del crecimiento comienza a resentirse.
Desde esta perspectiva, el ingreso básico universal deja de verse como una política asistencial y pasa a entenderse como una infraestructura económica. Una herramienta para sostener la demanda, reducir tensiones sociales y garantizar estabilidad durante una transición tecnológica sin precedentes.
Lo más interesante es que el debate chino obliga a replantear una pregunta incómoda para Occidente.
Si el país más poblado del mundo, gobernado por un partido comunista pero con una economía profundamente integrada al capitalismo global, comienza a explorar mecanismos permanentes de distribución de ingresos, ¿seguirá siendo el ingreso básico universal una idea marginal?
Quizás estemos observando el inicio de una transformación mucho más profunda. Durante dos siglos la riqueza se distribuyó principalmente a través del empleo. En el siglo XXI podríamos estar entrando en una etapa donde una parte creciente de esa riqueza se distribuya simplemente por el hecho de pertenecer a una sociedad capaz de producir abundancia mediante tecnología.
Y sería una ironía histórica notable que el primer país en demostrarlo no fuera Finlandia, Canadá o Estados Unidos, sino China.
Es músico y escritor. Se me ha perdido una canción (2011), Mis canciones (2014) y Seré canción entonces… (2018) son sus tres discos. Ha publicado también la novela Una tumba sin nombre (2012) y el ensayo Renta Básica Universal: Por qué y cómo terminar para siempre con la pobreza. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Universidad Austral, Argentina), Master en Acción Política y Participación Ciudadana (Universidad del Rey Juan Carlos, España) y Diplomado en Gestión Pública (Instituto Tecnológico de Monterrey, México). Es fundador, director y editor de la Revista Algoritmo.
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