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Inteligencia artificial y extractivismo digital

inteligencia artificial y extractivismo digital

En 1885 un rey belga le vendió al mundo una Asociación Internacional Africana que buscaba el fin de la trata, el comercio lícito y la civilización. El panfleto era impecable, el producto, no. En 2026, un charlista en algún desierto con aire acondicionado le vende al mundo otra asociación internacional, la inclusión digital, IA para el bien, transición verde. El panfleto también es impecable. Al producto, otra vez, habría que mirarlo con otros lentes.

John Carpenter, en They Live (1988), resolvía el problema con un par de anteojos. Sin ellos, la ciudad era publicidad. Con ellos, una sola palabra debajo de cada cartel: OBEY. O, en versión extractiva: YACIMIENTO. No hace falta ser conspiranoico para pedir ese par de lentes. Basta con no confundir el fotograma con la película.

La hipótesis de partida es sencilla y, por eso mismo, aterradora: la historia se repite siempre porque los seres humanos somos los mismos. Si eso fuera literalmente cierto, el presente no sería más que un disfraz tecnológico del pasado. Bastarían el látigo y el caucho para entender el algoritmo.

Una formulación más prudente y, según lo que se puede observar, más fiel a la evidencia, sería esta: la historia no se copia; rima. Cambian las máquinas, las ideologías y la escala. Persisten ciertos arreglos de poder. Quien controla la técnica de punta define qué cuenta como materia prima. Quien habita lejos del centro de cómputo puede ser tratado como yacimiento. Y toda extracción masiva necesita una historia moral (civilización, desarrollo, inclusión, inteligencia… ¡progreso!) para volverse aceptable.

Eso no prueba una naturaleza humana inmutable. Prueba, más modestamente, que cuando hay asimetría y un recurso convertible en riqueza, las élites (no necesariamente en sentido peyorativo: a veces basta con un directorio, un ministerio y un muy buen equipo de comunicación) suelen organizar sistemas parecidos.

Centro y periferia: un método, no un mapa

La pareja centro–periferia no describe esencialmente continentes ni razas. Describe una función. El centro es el lugar donde se agrega valor, se fijan precios, se patentan modelos y se escriben las reglas. La periferia es el lugar de donde salen los insumos baratos (tierra, savia, mineral, músculo, clic, idioma, atención) y al que regresan, ya encarecidos, los productos terminados.

En el esquema clásico de la economía-mundo, el centro no necesita poseer formalmente cada hectárea de la periferia. Le basta con organizar el flujo: ferrocarriles que van hacia el puerto, no entre aldeas; cables submarinos hacia la nube, no hacia un tejido productivo local. La periferia puede tener bandera, parlamento e himno, y seguir siendo periferia si su rol en la división internacional del trabajo consiste en exportar bruto e importar terminado.

Por eso “la nueva África” no es una metáfora geográfica estricta. Es una posición estructural. El continente africano ocupa esa posición con una insistencia trágica (del tráfico atlántico al caucho, del cobre al cobalto, del cobalto al dataset). Pero la periferia de la inteligencia artificial también está en un galpón de etiquetado en Nairobi, en un living de Caracas donde se moderan violaciones por centavos, en una mina artesanal de Kolwezi y en cualquier usuario que produce datos sin cobro ni control.

Llamarla “nueva colonia del centro liderado por la IA” sirve si nombra esa función. Deja de servir si convierte a un continente entero en destino y borra agencia, Estado y resistencia. El mapa no es el método. El método es el flujo.

La historia siempre rima

Cada revolución industrial redefinió la materia prima estratégica y, con ella, redibujó el mapa de lo extraíble. El patrón rima. No es idéntico. (McLuhan dixit, con otras palabras: cambia el medio, no necesariamente el apetito.)

Primera revolución: vapor, algodón, fábrica. Entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, el centro (Manchester, Lille, Nueva Inglaterra) organizó la fábrica textil alrededor del carbón y del algodón. El algodón no “estaba ahí”: venía de plantaciones esclavistas del sur de Estados Unidos y del Caribe, y de campos coloniales en la India. El progreso se llamaba manufactura, libre comercio, fin de los gremios. Lo que ocultaba era una cadena que unía el telar mecánico con el cuerpo esclavizado. La periferia no era solo ultramar: también era el niño de la mina inglesa y la hilandera de catorce horas. Ya entonces el centro podía predicar abolición en el Atlántico y profundizar otras formas de trabajo forzado en la fábrica y en la colonia. El milagro de la coherencia humana.

Segunda revolución: acero, electricidad, caucho, petróleo. Hacia 1870–1914 aparecen el acero barato, la electricidad, la química industrial, el telégrafo y el neumático. El mundo necesita cobre, estaño, aceite de palma, petróleo y, de pronto, caucho. Esa demanda coincide con el Reparto de África (Conferencia de Berlín, 1884–1885). El progreso se llama misión civilizadora, fin de la trata “árabe”, comercio libre en la cuenca del Congo. Lo que organiza es el imperialismo de alta intensidad: impuestos pagaderos en trabajo, compañías concesionarias, ferrocarriles extractivos. La periferia se formaliza como colonia. El centro ya no solo compra: administra, cartografía, castiga.

Tercera revolución: electrónica, offshoring, red. En la segunda mitad del siglo XX aparecen los chips, la automatización, los contenedores. Internet desplaza la fábrica hacia Asia oriental. El progreso se llama globalización, desarrollo, aldea global. (La aldea, claro, tenía un solo mercado y muchos talleres.) La materia prima ya no es solo mineral: es ensamblaje barato, atención telefónica, basura electrónica enviada de vuelta al Sur. Empieza a cuajar otra capa: datos de usuarios, call centers, tierras raras. La soberanía formal de los Estados poscoloniales existe; la cadena de valor, no. Se deslocaliza el trabajo sucio y se concentra el diseño.

Cuarta revolución: dato, modelo, mineral “verde”. La llamada Cuarta Revolución Industrial (plataformas, sensores, modelos fundacionales, automatización cognitiva) declara una materia prima nueva: el dato. Pero el dato no viaja solo. Viaja sobre cobalto, litio, cobre, agua y energía. Y viaja sobre trabajo humano que etiqueta, filtra y corrige lo que la máquina aún no sabe. El progreso se llama inclusión digital, inteligencia para todos, transición energética. La rima se oye otra vez: un input declarado barato o residual; un centro que agrega y patenta; una periferia que aporta cuerpo, territorio y vida cotidiana.

El Congo y el caucho: laboratorio del extractivismo

Si hay que elegir un episodio donde la rima se vuelve nítida, es el Estado Libre del Congo bajo Leopoldo II (1885–1908). No porque sea “igual” a la IA ¡evidentemente no lo es! sino porque muestra el método en estado puro. El panfleto y el producto, otra vez.

Leopoldo obtuvo un mandato internacional con lenguaje humanitario: acabar con la esclavitud, abrir el comercio, llevar la civilización. En la práctica convirtió una cuenca entera en empresa privada. Cuando el neumático de Dunlop disparó la demanda de caucho, el beneficio por kilo era bajo. La solución no fue innovación técnica. Fue coacción. Se nacionalizó la tierra “vacante”. Se entregaron concesiones a compañías. Se impuso el caucho como impuesto. La Force Publique secuestraba familias, quemaba aldeas y, en el régimen del “caucho rojo”, usaba la mutilación como comprobante de munición gastada.

Las cifras de mortalidad siguen en disputa (las estimaciones van de uno a diez millones de muertos, y conviene no fingir demencia). Lo que no está en disputa es la lógica: un recurso estratégico, un territorio tratado como yacimiento, una población convertida en instrumento, una narrativa de progreso que tapaba el terror. El Congo producía una fracción decisiva del caucho mundial; Leopoldo y las compañías realizaban la renta en Bruselas y Amberes. Los ferrocarriles y estaciones no articulaban un mercado interno: evacuaban savia.

Hay un detalle que importa para el presente. El Congo no era “atraso” frente a “modernidad”. Era modernidad: era el eslabón necesario de la industria del transporte y de la electricidad. El centro no podía ser eléctrico sin una periferia ensangrentada. Esa es la rima que conviene no olvidar cuando se dice que la inteligencia artificial “es el futuro”. El futuro, históricamente, también llegó con factura. Casi nunca la pagó quien la anunciaba.

La periferia como nueva colonia del centro-IA

La tesis, sin anestesia: en la Cuarta Revolución Industrial, el centro (un oligopolio tecno-estatal liderado sobre todo por Estados Unidos y China, con Europa como regulador y cliente) organiza una nueva colonia funcional. Esa colonia no siempre tiene gobernador. Tiene posición. Extrae tres insumos de la periferia y los devuelve como “inteligencia”: datos de la vida cotidiana, trabajo cognitivo invisible y minerales de la infraestructura. “África”, otra vez, ocupa un tramo desproporcionado de esa cadena. No porque la historia se copie, sino porque el sistema-mundo premia a quien ya está especializado en exportar bruto.

Los datos de las colonias (rostros, voces, idiomas, historiales de salud, trayectos móviles) entrenan modelos que no se diseñan en Lagos ni se patentan en Kinshasa. El valor se realiza en la nube ajena. Varios gobiernos del continente han empezado a hablar de soberanía digital precisamente porque reconocen la dependencia de Google, Microsoft, Nvidia o Meta. Eso no es todavía descolonización. Es el diagnóstico. El diagnóstico, al menos, ya no cabe en el panfleto.

El trabajo invisible completa el cuadro. Los modelos no “aprenden solos”. Hay millones de personas en Kenia, Uganda, Venezuela, India, Filipinas que etiquetan imágenes, filtran decapitaciones, corrigen textos y enseñan a la máquina a distinguir lo aceptable. Salarios de uno o dos dólares la hora, a veces centavos por tarea; contratos opacos; el gerente es el algoritmo. Llamar a eso esclavitud es una metáfora fuerte. No es la trata atlántica. Es, sí, una cadena global de trabajo sin derechos que sostiene la ficción de la automatización. La magia, como siempre, está en no mostrar al ayudante.

Y debajo de la metáfora sigue habiendo mineral. La República Democrática del Congo produce alrededor del setenta por ciento del cobalto mundial, insumo de baterías, teléfonos, autos eléctricos y, de manera creciente, de la infraestructura que alimenta data centers. En tramos artesanales se documentan trabajo infantil, derrumbes, contaminación y condiciones que organismos de derechos humanos describen como cercanas a la esclavitud contemporánea. El Congo del caucho y el Congo del cobalto no son el mismo Estado. La función extractiva, en cambio, resulta reconocible. Menos ha cambiado de lo que cabe en una ponencia magistral.

Definir la periferia como “la nueva África” del centro-IA es, entonces, una apuesta analítica: nombra el lugar de donde salen los tres insumos y al que no vuelve el control del modelo. Quien quiera rigor deberá añadir que hay periferias internas en el Norte y centros emergentes en el Sur. La geometría se complica. El flujo, menos.

Cómo la narrativa de progreso esconde la esclavitud

Ningún extractivismo masivo se presenta como saqueo. Se presenta como ayuda. En el Congo de Leopoldo, la ayuda era la civilización y el fin de la esclavitud. La Asociación Internacional Africana hablaba de comercio lícito y de lucha contra la trata. El resultado fue un Estado esclavista de nuevo cuño, más eficiente que muchos de los que decía combatir. El marketing, ya entonces, adelantaba a la contabilidad.

En las independencias del siglo XX la ayuda se llamó desarrollo: represas, monocultivos, minería “moderna”, ajuste. El vocabulario cambió. La dirección del flujo, no siempre.

Hoy la ayuda se llama inclusión digital, IA para el bien, transición verde, eficiencia, acceso. Cada palabra puede describir algo real. El problema no es que el relato sea falso en cada detalle. Es que funciona como velo: convierte la extracción en partnership y el yacimiento humano en “usuario” o “beneficiario”. Nos hemos vuelto, también, materia prima de la innovación tecnológica. El dato no es un subproducto de estar vivos. Es el alquiler que se cobra por existir en red.

Tres operaciones típicas del velo. Primera: declarar el recurso residual. El dato “ya estaba” en la red, como la tierra “vacante” del Código colonial. Segunda: desplazar el costo. El trauma del moderador, el pulmón del minero y el acuífero envenenado no aparecen en la demostración del modelo. Tercera: moralizar la dependencia. Quien rechaza el convenio de datos o la nube extranjera “se queda atrás”. El atraso, otra vez, es el nombre que el centro da a la negativa de ser yacimiento.

Por eso “nueva esclavitud” debe usarse con dos cautelas. Una: no aplanar el horror único de la esclavitud de plantación y del caucho rojo. Otra: no dejar la palabra solo para el pasado. Hay esclavitud literal en tramos de la cadena en minas, fraudes y trata de personas. Hay trabajo servil digital. Y hay una captura de la vida como dato que no es esclavitud jurídica, pero sí una forma de desposesión. Mezclar las tres da fuerza de manifiesto. Separarlas da fuerza de análisis. Este ensayo prefiere lo segundo, sin negar lo primero.

El nuevo tipo de violencia

La violencia colonial clásica era visible: el fusil, la aldea quemada, la mano cortada, el cepo. Esa violencia no desapareció. Sigue en las minas, en los desalojos, en ciertos Estados policiales que compran reconocimiento facial. Pero la Cuarta Revolución añade otra gramática del daño.

Conviene nombrarla para no creer que, como no hay látigo en la foto del data center, no hay daño. El látex llegaba limpio a Europa. Los modelos llegan todavía más limpios.

  1. Violencia en la infraestructura: el cable, la concesión minera, el data center que se bebe el agua de un valle. Organiza quién puede vivir de qué sin un solo disparo.
  2. Violencia algorítmica: el crédito denegado, el sospechoso marcado, el beneficio social recortado, el sesgo que convierte un acento o un tono de piel en riesgo. La decisión parece técnica. El efecto es político.
  3. Violencia psíquica y cognitiva: el moderador que mira ocho horas el peor material humano para que el usuario del centro no lo vea. El etiquetador que entrena un modelo que después abarata su propio oficio. El daño no es espectacular. Es acumulativo.
  4. Violencia lenta: la contaminación de ríos en Katanga, enfermedades respiratorias, colapso de túneles artesanales. El cobalto de la “transición” suele viajar con esa violencia a cuestas.
  5. Violencia epistémica: los idiomas de la periferia se cosechan para modelos que luego se venden de vuelta; los saberes locales no diseñan el estándar. Se extrae lengua y se devuelve dependencia cultural.
  6. Violencia contractual: el clic en “acepto”, el memorando sanitario firmado sin debate parlamentario, la imposibilidad práctica de existir hoy fuera de la plataforma. No es el cepo. Es el cierre del afuera.

La novedad no es que haya violencia. Es que gran parte de ella es ilegible como violencia para quien habita el centro. El Congo de Leopoldo tardó años en volverse escándalo porque el caucho llegaba limpio a Europa. Los modelos llegan todavía más limpios. Sin anteojos, OBEY. Con anteojos, YACIMIENTO.

¿Qué vamos a hacer hoy distinto?

Hacer hoy algo distinto no empieza por negar que la IA pueda curar, traducir o ahorrar energía. Empieza por negarse a tratar el dato, el clic y el mineral como la tierra “vacante” de 1885. Tres desplazamientos modestos, y por eso difíciles, salen de esta tesis:

  • Nombrar el flujo. Dejar de hablar solo de “innovación” y hablar de cadena: quién extrae, quién etiqueta, quién mina, quién patenta, quién se queda la renta. Sin mapa del flujo, el progreso vuelve a ser velo.
  • Tratar el dato y el mineral como territorio, no como residuo. Consentimiento real, beneficio compartido, procesamiento local, derecho a decir que no a un convenio de nube o de salud. Soberanía digital no es autarquía: es capacidad de fijar términos.
  • Hacer visible la violencia nueva. Salarios y salud mental de quien entrena modelos; trazabilidad del cobalto; auditoría de sesgos que no sea marketing; rechazo a la idea de que “si es automático, no hay víctima”. Lo que no se ve no se regula.

Nada de eso garantiza que la rima se quiebre. El Congo del caucho también tuvo denuncias, misiones y reformas; Bélgica tomó el Estado en 1908 y la extracción continuó bajo otro membrete. La lección no es el cinismo. Es que cambiar el relato no basta si no cambia el lugar donde se realiza el valor.

La hipótesis inicial de que somos los mismos y por eso se repite puede servir como alerta moral. Como teoría, se queda corta. No todos extraen. No todos diseñan el modelo. No todos firman la concesión. Lo que se repite no es “el ser humano”, es el ser inhumano: el método de declarar un recurso barato en la periferia, vestirlo de progreso en el centro, y llamar a eso futuro.

Hoy el recurso se llama dato, etiqueta, cobalto. El futuro, otra vez, se anuncia limpio. La pregunta que queda es si esta vez el centro aceptará pagar el costo político, salarial, ecológico real de lo que llama inteligencia, o si volveremos a exportar la savia y a importar la fábula.

En 1885 el panfleto decía civilización. En 2026 dice inteligencia. Misma tipografía de la ayuda. Misma dirección del barco.

Los anteojos no son Google Glass ni Ray-Ban Meta. Son, apenas, la costumbre de preguntar de dónde sale lo que llega tan limpio. El látex, el modelo, el futuro. Si después de mirar todavía nos parece una “ayuda”, al menos ya no podremos decir que no vimos el yacimiento.

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Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Austral de Argentina. Emprendedor, entusiasta de la tecnología, graduado de Singularity University.

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Etiquetas: , , , , , , Last modified: 10 septiembre, 2026
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