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La última resistencia

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Hace algunos días, mientras perdía tiempo en esa disciplina olímpica contemporánea que es el scrolleo infinito, me apareció un video de Graciela. La escena transcurría en un restaurante. Personas mayores bailaban, se reían, cantaban. Había algo genuinamente hermoso ahí: gente disfrutando, compartiendo un rato alegre, celebrando todavía el simple hecho de estar juntos. La escena me encantó. Hasta que cometí el error de mirar los comentarios.

Decenas de personas haciendo chistes sobre la edad de quienes aparecían en el video. Burlándose de sus cuerpos, de sus movimientos, de sus caras. Riéndose de la vejez como si no fuera, salvo para unos pocos desafortunados, un destino universal.

Y eso me despertó varias reflexiones.

La primera tiene que ver con cómo nuestra época mira el envejecimiento. Vivimos en una cultura obsesionada con la juventud, con la estética, con la velocidad, con aparentar que el tiempo no pasa. Envejecer pareciera haberse transformado casi en una falla del sistema. Nos burlamos de los viejos como si el tiempo fuera algo que les pasó a ellos y no algo que nos está pasando a todos.

Hay algo profundamente extraño en una sociedad que festeja llegar a viejo pero se ríe de los viejos. Como si alcanzar determinada edad fuera admirable en abstracto, pero insoportable cuando aparece encarnada en cuerpos reales, en arrugas reales, en personas reales que siguen viviendo, deseando, bailando.

Quizás por eso esos comentarios decían más sobre quienes escribían que sobre quienes aparecían en el video. Tal vez la burla sea apenas una manera de esconder un miedo mucho más profundo: el miedo al paso del tiempo, a la fragilidad, a la certeza inevitable de que todos vamos hacia el mismo lugar.

Pero hubo otra reflexión que me quedó dando vueltas. Pensé en la fuerza del baile. En lo que significa bailar para los seres humanos.

Bailamos desde antes de escribir. Antes incluso de entender del todo el mundo que habitábamos. Se bailó para celebrar una buena caza. Se bailó alrededor del fuego. Se bailó en rituales religiosos. Se bailó en casamientos. Se bailó para mostrar poder. Se bailó para enamorar. Se bailó en carnavales y en fiestas populares. Y también se bailó para despedir muertos, para atravesar tristezas, para intentar ponerle movimiento al dolor.

Cambia la música. Cambian las épocas. Cambian los cuerpos. Pero seguimos bailando.

Por eso me pareció tan injusto mirar esa escena desde la ironía. Porque ahí no había decadencia. Había algo profundamente humano. Personas que, después de décadas de vida, todavía conservaban intacta la necesidad de encontrarse con otros, de cantar, de moverse, de compartir un momento de alegría.

Y eso también me hizo pensar en la importancia de los rituales. En una época donde cada vez vivimos más encerrados en pantallas, algoritmos y vínculos fugaces, escenas como esa tienen un valor enorme. Personas que se juntan a comer, a conversar, a bailar, a verse las caras. Parece poco, pero quizás sea una de las últimas formas de resistencia frente a una sociedad que empuja permanentemente al aislamiento.

Las sociedades no se sostienen solo con economía o instituciones. También se sostienen gracias a pequeños rituales compartidos. Una sobremesa. Un cumpleaños. Un club. Un grupo de amigos que se encuentra siempre en el mismo lugar. Una canción que vuelve a sonar. Un baile.

Cuando esos rituales desaparecen, algo del tejido humano empieza a romperse.

Por eso pensé que, en lugar de burlarnos, habría que hacer exactamente lo contrario: alentar a las Gracielas del mundo. A las que organizan encuentros. A las que siguen cantando. A las que todavía tienen ganas de bailar. A las que sostienen amistades, mesas compartidas y rituales colectivos en una época cada vez más individualista.

Porque en una escena así no hay decadencia. Hay humanidad. Hay memoria. Hay vida compartida.

Y quizás, en una época donde tanta gente joven parece haber perdido la alegría, deberíamos mirar menos con ironía a quienes todavía conservan el coraje de bailar.

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Etiquetas: , , , , Last modified: 11 mayo, 2026
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